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RESPUESTA A LA CONSULTA

Quisiera saber cómo darle más confianza a mi hijo en mini basquet, ya que tiene 11 años y recién se está formando; hay algunos jugadores buenos como él o tal vez mejor que lo eclipsan y le quitan protagonismo.

La confianza es un valor esencial en la vida. De este valor dependen muchos principios: la lealtad, la integridad, la fe, la amistad, la cooperación…

El ser humano no puede vivir en armonía si le falta confianza ya que es la energía que permite hacer cosas, arriesgar, ser uno mismo. Sin confianza un niño no se arriesgaría a dar sus primeros pasos, no amaría ni dejaría que le amaran, no estudiaría ni tendría el sentido de progresar.

La confianza es una actitud básica de la que dependen, entre otras cosas, la salud, el afecto y la felicidad. Para comprobarlo, basta con pensar en las cosas simples que pasan todos los días. Los individuos que alcanzan el éxito a cualquier nivel tienen como elemento en común la confianza en sí mismos. Lógicamente no es lo único que necesitan; dependiendo de lo que se trate, hará falta también trabajo, planificación y experiencia, entre otros. Pero la confianza es la herramienta esencial de la cual dependen las demás.

Las personas con falta de confianza en sí mismas dependen en exceso de los demás para poder sentirse bien consigo mismas. Evitan asumir riesgos porque tienen miedo de fracasar. No se consideran lo bastante capacitados para tener éxito en lo que emprendan y suelen criticarse y castigarse a sí mismos, así como ignorar o despreciar los cumplidos que les hacen los otros.

En cambio, la persona con confianza en sí misma no teme arriesgarse a obtener la desaprobación de los demás porque por lo general confía en sus propias habilidades y espera hacerlo bien. No piensa que tenga que conformarse para ser aceptada por los demás y es más libre para ser ella misma y expresar sus opiniones, deseos, preferencias, dudas o inquietudes.

La persona con falta de confianza confía más en los demás que en sí misma, no lleva a cabo nuevos proyectos o tareas porque no se considera capaz de hacerlos y evita las situaciones que la obligan a competir con otros. Piensa que no es lo bastante inteligente, lo bastante competente, lo bastante atractiva, lo bastante interesante para los demás, lo bastante fuerte, etc.

La falta de confianza hace que las personas pierdan oportunidades de progresar, de aprender cosas nuevas o de relacionarse con los demás pues su miedo a no saber hacerlo bien, a no ser capaz o a fracasar se lo impide.

Los sentimientos de inferioridad de estas personas minan su capacidad para llevar vidas satisfactorias e independientes. La confianza en nosotros mismos determina si somos capaces de valorar adecuadamente las oportunidades que la vida nos presenta y ejercer nuestro derecho a aprovecharlas y usarlas en nuestro favor.

Cuando una persona se siente inferior, débil o con falta de capacidad para emprender una determinada tarea o relacionarse con ciertas personas, está llena de miedo al fracaso, lo cual es también un miedo a acontecimientos futuros imaginados, miedo al resultado de sus acciones debido a su supuesta falta de habilidad. No es extraño, pues, que estas personas estén constantemente llenas de ansiedad.

EL NIÑO

Ante todo hemos de tener en cuenta el desarrollo emocional del niño:

  • Alterna momentos de madurez e inmadurez.
  • Se autocritica.
  • Es sensible a las críticas de los demás.
  • Siente cambios emocionales y repentinos.
  • Tiende a ocultar sus sentimientos.

Los problemas de inseguridad provienen de la infancia. Constituyen modelos mentales de creencias erróneas, donde la persona cree que algo hace mal, que no está a la altura de las circunstancias, que en algo va a fallar. Y tales pensamientos lo llevan a este sentimiento de falta de confianza en sí mismo. Esto hace que todo sea más difícil, cada pequeña cosa le cuesta un gran esfuerzo.

Muchos de los problemas que se les plantean a los individuos en su crecimiento personal provienen de la falta de lo que podríamos llamar la “seguridad básica”, una forma de felicidad que deriva del hecho de sentirse aceptado, de saber que importamos a aquellos que nos importan, de encontrar en derredor respuestas positivas a sus acciones.  Si un niño recibe continuamente, de forma tácita o expresa, mensajes de reproche del estilo “nunca llegarás a nada” o “eres una calamidad”, se verá desprovisto de los necesarios recursos de autoafirmación para tomar decisiones y desenvolverse en la vida.

Alrededor de los tres años ya empieza a manifestarse en los niños la preocupación por las respuestas de un entorno en el que busca el espejo donde proyectar su propia imagen. La llamada “autoestima social” opera ya fuertemente entre los seis y los ocho años, cuando adquieren gran importancia las relaciones de patio de recreo: la competencia con los otros, el ser elegido o no en un círculo de juegos determinado, el verse apreciado o humillado, el liderazgo o el ninguneo. En esa etapa es indispensable que los padres presten atención a los juicios que los hijos manifiesten sobre sí mismos. Es cuando más necesitan el apoyo externo para recomponer una imagen frágil, extremadamente sensible a la influencia de las palabras y las acciones de los otros respecto de ellos.

Pero muchas veces el niño tiende a registrar erróneamente las informaciones que recibe del exterior. Para fortalecer su autoestima social se precisa antes un cierto conocimiento de las ideas distorsionadas que engendran en su interior sentimientos sombríos. Cuando ante una contrariedad el pequeño reacciona con el “siempre” (“siempre voy a equivocarme”) o el “todo el mundo” (“nadie me quiere”) está cayendo en la trampa de la generalización, una de las desviaciones cognitivas más frecuentes. Es tarea de los padres y de los educadores habituarle a considerar los hechos en términos concretos y de manera aislada, o al menos sin convertirlos en regla universal: “esta vez me he equivocado”, “a Miguel no le caigo bien”.

Tan habitual como la generalización infundada es la selección filtrada de los aspectos negativos. Es preciso evitar que los niños observen solamente aquellos detalles que supuestamente confirman sus impresiones pesimistas  sin registrar otros más relevantes que le llevarían a conclusiones satisfactorias.  
 
Ambas distorsiones suelen ir acompañadas de una tercera, que consiste en polarizar el pensamiento simplificando las cosas: o todo o nada, o conmigo o contra mí. El niño construye esquemas elaborados en términos absolutos que hay que ayudarle a corregir mostrándole las alternativas, los matices, las opciones relativas de toda situación.

Así como muchos niños eluden la responsabilidad de sus actos transfiriéndola a agentes externos (“he sacado mala nota porque el profesor me tiene manía”, “si no me hubiera insultado Óscar, yo no le habría pegado”), otros hacen exactamente lo contrario: acusarse a sí mismos, cargar con la culpa de todo, incluso de hechos que están fuera de su control. Ni que decir tiene que esta distorsión resulta singularmente perniciosa y autodestructiva. Frente a ella, la labor correctora de los padres y educadores consiste en enseñar a discernir los límites de la propia responsabilidad, tanto para asumirla cuando corresponda como para desembarazarse de culpa cuando no la haya.

He aquí algunos consejos:

  • Tomarse tiempo para escuchar las preocupaciones del niño.
  • No tratar de tranquilizarle con actitudes proteccionistas de evitación.
  • No minimizar sus sentimientos, sino recordar el dolor que esas mismas naderías nos causaron de pequeños.
  • Intentar que encuentre sus propias soluciones en vez de ofrecérselas ya dadas.
  • Transmitirle el mensaje de que todo lo que le afecte nos importa.

LOS PADRES Y LOS EDUCADORES

Diversos factores influyen en el desarrollo de la confianza (o falta de ella) en una persona. La actitud de los padres y los educadores juega un papel muy importante, sobre todo en los años de la niñez. Si los padres y los educadores aceptan a los niños como son, los animan a ser independientes, los escuchan y aceptan sus errores sin darles especial importancia, los niños aprenderán a confiar en sí mismos.

La falta de confianza no está relacionada con la falta de capacidad. Más bien es el resultado de centrarse demasiado en exigir a un niño algo poco realista por parte de los padres, los amigos o el entorno social próximo. Desde muy pequeños, los niños dicen sin palabras qué cosas les interesan y qué cosas no les interesan. Por lo general, aquello que le interesa a un niño/a será en lo que más hábil y capaz se mostrará en el futuro.

Si ignoramos las preferencias y habilidades innatas de los niños y pretendemos que sean hábiles en lo que nosotros decidamos, estaremos llevándolos hacia un terreno donde sus posibilidades de fracasar (y, por consiguiente, desarrollar la falta de confianza) son mayores.

Los entrenadores tienen un campo pedagógico de primer orden en la faceta de educador:

  • Enseñando a trabajar. Aceptando las fallas de sus educandos y ayudándoles a mejorar podrán adquirir seguridad en lo que están haciendo.
  • Permitiendo tomar decisiones y aceptando otra visión de la situación.
  • Escuchando la opinión de los demás, sin importar la preparación o el puesto de mayor responsabilidad.
  • Ayudando a los jóvenes a decidir, procurando proporcionarles los elementos que les ayuden a tomar la opción que más convenga.
  • Procurando cumplir con la responsabilidad de enseñar y educar.
  • Hablando siempre con la verdad.
  • Evitando que se hagan burlas entre los integrantes del equipo.

El entrenador sabrá dar confianza si antes él mismo es digno de confianza ante los demás por cumplir responsablemente sus obligaciones, si ayuda a los demás con su consejo o su trabajo, si sabe cumplir con sus promesas, si evita criticar a los demás. De esta forma se genera un ambiente agradable, comprenderá los errores de los demás y ayudará a corregir.

Es fácil perder la confianza cuando no existe la justicia, cuando se abusa de la falta de conocimiento o de la buena voluntad. La mentira tampoco tiene lugar en cualquier tipo de relación pues confunde la verdad, destruye los sentimientos y provoca una ruptura de difícil solución. 

Tal vez los mejores indicadores de confianza sea la cantidad de amigos que tenga, el número de personas que acuden en busca de su consejo y las responsabilidades que tenga asignadas en el ámbito de su trabajo.

Es imposible hablar de confianza sin mencionar la responsabilidad. Esta invoca la capacidad de responder por las propias acciones, actitudes y palabras. La responsabilidad se demuestra con actos, no con declaraciones ni juramentos. Y se expresa siempre ante otro ser humano. Cuando en un vínculo, las personas actúan responsablemente (no culpan a otros por los efectos de sus acciones, no delegan las consecuencias, no niegan haber hecho lo que hicieron ni haber generado lo que generaron), se construye entre ellas un entramado de confianza. Las personas responsables, por lo que hacen y no por lo que dicen, son confiables.

La confianza no  es fruto de la teoría; nace de la experiencia y de los actos.  Nadie es confiable porque jure o prometa serlo. La confianza se construye acto tras acto. No está en los vínculos como punto de partida, más allá del deseo o de la intuición de confiar. Se trata, mejor, de un punto de llegada. Y es un punto de llegada convergente, que deviene real cuando arribamos juntos a él. La confianza no se construye con el deseo o la voluntad de una sola persona. Necesita de dos o de todos los que estén involucrados en un vínculo, sea de pareja, de familia, de fraternidad, de trabajo, social, político, deportivo, etcétera.

CONSTRUCCIÓN DE LA CONFIANZA EN UNO MISMO

No me resisto a dar unas pocas ideas sobre técnicas de sugestión aptas para adultos que convenientemente ajustadas en sus formas pueden servir para corregir la falta de decisión y confianza del niño.

En primer lugar, es importante aprender a conocer de un modo realista las habilidades y capacidades, así como los límites.

“Si estás en el lugar adecuado para ti y usas tus habilidades de un modo apropiado, no puedes fracasar”.

La mayor parte de las veces, el fracaso procede de tratar de ser la persona que no somos. Por tanto, el primer paso para aumentar la confianza en nosotros mismos consiste en conocernos, saber lo que nos gusta y lo que no, lo que deseamos, lo que nos hace sentir bien, lo que nos desagrada y aceptar que tenemos derecho a ser como somos. Si tratas de ser lo que los demás desean que seas, en vez de ser aquello para lo que estás preparado y capacitado y te gusta, entonces tienes muchas posibilidades de fracasar. Y, por lo general, la persona con falta de confianza no se atreve a ser ella misma, lo cual agrava su problema y crea una especie de círculo vicioso difícil de romper.

Si uno se quiere medir con los instrumentos de medida de otras personas, no es raro que se sienta en inferioridad de condiciones. Por tanto, es importante conocer las capacidades y valorarlas pues valen tanto como las de cualquier otra persona, por muy diferentes que sean.

“Si usas bien tus propias habilidades en vez de usar las que los demás dicen que deberías usar, no sólo te sentirás más cómodo con lo que hagas sino también más capaz”.

La sensación de inferioridad o falta de capacidad es, en su mayor parte, subjetiva y no siempre puede tratarse con lógica o razonamientos, sino que el mejor modo de afrontarla es la experiencia directa, que nos demuestra que sí somos capaces de hacer eso que en un principio temíamos. Por tanto, asume riesgos. Haz una lista de las cosas que no te atreves a hacer pero que te gustaría hacer y empieza por la más sencilla.

En muchas ocasiones, las personas se centran en los resultados más que en el proceso. De ese modo, si no logran algo, consideran que han fracasado, pero esto no tiene por qué ser cierto. Si te has propuesto una meta, has estudiado o adquirido habilidades nuevas para alcanzarla y has resuelto problemas en el proceso, entonces has tenido muchos pequeños éxitos por los que puedes felicitarte, aunque no hayas llegado a la meta final.

Cuando existe falta de confianza en uno mismo, con baja autoestima y con dudas sobre las propias capacidades pueden impedir el disfrute de las cosas buenas y el logro de los objetivos. Tener confianza en uno mismo es algo que se puede aprender. De hecho, es como formar un músculo: todo lo que lleva es ejercicio. Cuando se practican regularmente, los ejercicios de construcción de la confianza en uno mismo, como por ejemplo las técnicas de visualización, pueden ser un método efectivo para elevar la autoestima y ganar confianza.

Partimos de la base de que una mente que cree en sí misma es muy poderosa, ya que de por sí la mente es una estructura tan perfecta que está diseñada para influenciarse a sí misma. La mente está dividida en dos grandes áreas: consciente y subconsciente. La autosugestión es un método que consiste en influir en el subconsciente a través de la conciencia para obtener de él cosas diversas, en este caso, recuperar la energía de la fe en nosotros mismos.

El mecanismo de la sugestión es muy simple, ya que consiste en inducir, por medio de distintos métodos, órdenes o contenidos en el inconsciente, siendo el objetivo provocar cambios positivos en la vida de una persona.

Un ejercicio para practicar en casa es el siguiente:

Elige un lugar tranquilo donde no te molesten. Siéntate o recuéstate. Cierra un momento los ojos y relájate, respirando profunda y lentamente. Cuando estés relajado, repite: “hoy comenzaré a recuperar la confianza en mí mismo y a partir de hoy mi vida cambiará en positivo”.

Abre los ojos y memoriza o lee (las puedes tener escritas previamente) estas afirmaciones:

  • “Creo que el poder de la mente transformará mi vida de forma positiva”.
  • “Creo en mí mismo y puedo hacer realidad lo que desee”.
  • “Confío en mí, creo en que tengo el poder mental y físico para conseguir lo que quiero”.
  • “Tengo la esperanza de seguir luchando por…. (el objetivo)”.
  • “Tengo la seguridad absoluta de que la fe en mí mismo hará que logre mi meta”.
  • “A partir de hoy, me lleno de ánimo positivo para lograrla”.
  • “Siento la energía positiva dentro de mí”.
  • “Tengo fe en mi poder para llevarla a cabo”.
  • “Olvidaré mis pensamientos negativos y dejaré de dudar”.
  • “Prometo nunca más dudar de mí mismo”.
  • “Tendré fe propia para conseguir…. (el objetivo)”.
  • “Soy una persona valiosa y tengo el poder de lograrlo”.
  • “Prometo todo de mí para obtener…. (el objetivo)

  Repite en voz alta cada una de las afirmaciones y trata de memorizarlas. Dedica media hora al día, 15 minutos por la mañana y otros 15 antes de acostarte para repetirlo. En poco tiempo, recuperarás la confianza en ti mismo.

Lo que las personas se dicen a sí mismas es también muy importante a la hora de moldear nuestra autoconfianza. Si se repite a menudo frases como: “yo no soy capaz, no creo que pueda, no sabré cómo hacerlo...” entonces se estará alimentando la propia falta de confianza, haciéndola crecer. Por tanto, en vez de pensar: “no sé cómo hacerlo”, se ha de pensar en positivo: “ahora mismo no imagino cómo puedo hacer esto, así que voy a ponerme a pensar con calma cómo hacerlo y cuáles son mis opciones, y trazar un plan de acción”. En vez de pensar: “seguro que lo haré mal”, se puede pensar: “me he estado preparando, sé lo que tengo que hacer, no hay motivo para pensar que lo voy a hacer mal, tengo las habilidades necesarias; además, no tengo que hacerlo perfecto, sólo hacerlo”.

Por último, es importante aprender a evaluarse a uno de un modo independiente, en vez de confiar en la opinión de los demás, centrándose  en cómo se siente uno mismo respecto a su propia conducta. Tal vez si ha dedicado mucho esfuerzo a hacer un determinado trabajo, si ha aprendido, si ha tenido autodisciplina y ha aportado cosas, en este caso tiene motivos para sentirse orgulloso de su trabajo. Si luego otra persona juzga que ese trabajo no es bueno, ¿qué importa eso? Lo que importa es que ha servido y  enseñado.

Si el resultado no ha sido el que la otra persona esperaba, se puede tener en cuenta respetando sus instrucciones, pero la opinión de la otra persona no invalida en absoluto la opinión propia. No existe un único estándar para juzgar una tarea realizada, sino muchos, y cada uno tiene el derecho a tener el suyo propio.

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”, Oscar Wilde.